viernes, 19 de octubre de 2012


PARTIDO YONMOÑACO - LOS BONIS (8 - 3). SÁBADO 4 DE FEBRERO DE 2012

CRÓNICA ESCRITA POR "EL VERÍDICO".

Lunes 6 de febrero de 2012 8:33

Atendiendo a la experiencia, a partido narrado por el Verídico, victoria segura. Este axioma se cumplió una vez más contra Los Bonis, en una lucha titánica por evitar el liderato invertido. Calentando durante la ola de frío siberiano, nos extrañábamos de que se hallasen todavía peor que nosotros en la tabla, porque eran jóvenes y no exentos de técnica; vamos, justo al revés que nosotros. Empero, no contaban con las dos armas que han sido nuestro sustento desde que comenzó el declive, e incluso antes: organización y garra.

No andábamos sobrados de efectivos, de manera que formamos con Phalo-Corto bajo los palos, Llámame por la derecha, Patapalo en el centro de la zaga, Barriguinha por la izquierda y Al-muñeco de estilete ofensivo. Il Divo, renqueante, con un look de estibador norirlandés, aguardaba en el banquillo (es un decir, porque el mobiliario escasea en el Buen Consejo). Imbuidos por el espíritu de Guardiola, nuestra esquema táctico era de tres defensas. En contraste, el juego combinativo suele brillar por su ausencia, y dejamos al punta varado arriba. Comenzamos gélidos como la temperatura (tal que hasta los “burgoscenses” llevaban sudadera debajo de la camiseta) y en nuestro propio saque de centro a punto estuvimos de encajar, debido a cesiones atrás a cual más blanda. No tardamos en reponernos, y Al-muñeco dispuso de la primera ocasión. Sin embargo, eligió la peor opción ante su portero de circunstancias: una “palanquita”. Lamentablemente, era el más larguirucho de ellos y la atrapó sin apenas estirarse. Nuestro delantero procesó el dato en su ajedrecística mente, y coló las dos siguientes por bajo.

Poco dura la alegría en la casa del pobre, y segundos en la del paupérrimo, pues en la siguiente jugada acortaron distancias. Con este tanteador llegamos al descanso, sin más incidencias que un remate de cabeza de Juanra a saque de banda de Llámame, que se fue por poco, una ruleta “zidanpallaresa” de Patapalo y la lesión de Il Divo, aunque parece que no es seria. La segunda mitad empezó a pedir de boca, ya que Al-muñeco intentó una vaselina que no salió como pretendía, de tal suerte que acabó haciéndole un sombrero a su guardameta y le quedó el balón franco para empalar. Como nos parecía una renta demasiado sustanciosa, la dilapidamos en breves minutos. Encajamos muy pronto el segundo, y Phalo Corto, quien tantas veces nos ha salvado, tuvo a bien rememorar la cantada de Buyo en Tenerife y recogió un rechace del larguero para introducirse con el balón en la portería. Ciertamente, había evitado el gol fantasma, con rotundidad además. Empatados a tres, había que volver a remar.

En éstas, Llámame, cuyo partido había sido discreto hasta entonces, aunque correcto en los cruces, luchó un balón en su banda y la sirvió de manera sorprendentemente precisa a Al-muñeco, quien perforó la puerta contraria en la jugada que marcó el devenir del partido. El buen hacer del equipo no iba a quedar aquí, pues enchufamos otra Porto-Muso. Con Patapalo guardando la espaldas, Barriguinha bloqueó a algunos imberbes (tenemos cuerpo para eso y para más), Llámame la puso en el sitio justo y Al-muñeco remató duro arriba. La ventaja de dos goles alarmó a los contrarios, y emplearon el portero-jugador, ante la justificada indignación de nuestro guardavallas, pues los varones heterosexuales no estamos obligados a distinguir el negro del azul marino.

Entre Phalo Corto, Llámame y Barriguinha, con la presión delante de Al-muñeco, aguantaron sus embestidas sin perder las posiciones. Una recuperación por parte de Llámame, ya en manga corta, aumentó la ventaja, y Al-muñeco, remachando un pase largo de Phalo Corto, la redondeó hasta el 8-3 definitivo.

El tercer tiempo se prolongó merecidamente en vistas de tan holgado triunfo. En él, Barriguinha añadió Eva Nasarre a su colección de motes, por si andaba escasito. Destaco una vez más el espíritu correoso de este equipo, que no se ofuscó ni bajó los brazos cuando venían mal dadas, y me despido henchido de orgullo balompédico.

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